20 de diciembre de 2011

Sinsentido 2

Hay tanto que decir que no sé por dónde empezar. Todo es sobre mí, es cierto, pero hoy quiero dejar de sentirme culpable por hablar de lo que soy, de lo que siento, de engrandecerme como si no importara.

Es tiempo de aprender a llamar la atención y de dejar mi ego fluir; porque no me parece justo que no se me reconozca lo que hago, y que a otros les aplaudan sus plagios en lo que escriben, dicen y piensan. Me parece inadecuado halagarles su falta de esfuerzo, algo que no son... y me afecta, indescriptiblemente, intensamente.

¿Envidia? Sí, y sin razones. ¿Celos? Sí, porque no me siento única, porque no es a mí a quien le aplaudes, a la que conquistas, a la que escuchas... Porque ya no soy yo la amiga, la inteligente, la guapa, la ideal.

Me he convertido en un nombre sin imagen, sin significante; en un recuerdo carente de valor, en un individuo conveniente, en una mujer que no lo es.

Dice mi subconsciente que es a causa de mi adolescencia tardía, pero, más bien, sólo adolece lo que se perdió, lo que dejo de ser o tiene miedo de salir, pues no los entiendo...

Quizá estoy en una sintonía distinta, lejana y antigua, donde los triunfo hablaban solos de nosotros y no nosotros hacíamos creer que existían; donde la comunicación más valiosa era la cara a cara y no la sonrisa fingida de la mejor pose en una fotografía.

Sé que he cometido errores, que, tal vez, no he cambiado en el sentido correcto, mas no pienso que esté del todo mal y sea solamente mi equivocación.

Estoy cansada de su egolatría, de su avaricia, de su soberbia, de sus mentiras y de su hipocresía. Harta de leerlos, de no escucharlos, de que ya no estén ni sean los mismos, de que sean lobos virtualmente y cachorros asustados en la realidad.

Me encuentro fatigada por su presunción y prepotencia, por sus palabras no traducidas en acciones, por su conveniencia. Estoy asqueada de su incongruencia, de su falta de coraje, de su ausencia de sinceridad y entendimiento, de su carencia de humildad.

Me noto molesta porque ya no hay lugar...

Quiero ser como ustedes y que por un momento me volteen a ver, pero la culpa de no ser yo me carcome y el deseo de que se reconozca a cada uno por su esfuerzo también.

Ya no sé dónde detenerme o dónde siquiera comenzar... En un mundo donde ya nadie vale en sí mismo, ni como individuo ni como comunidad.

Estoy agotada de no ser un un sitio donde el "yo" domina, aunque, al mismo tiempo, pierde su valor.

31 de octubre de 2011

El amor no se juzga, no importa cómo sea.

Y entonces pienso en ella, en su incesante lucha sin objetivo; en su necesidad de no estar sola; en ese odio obligado que siente... sin convencimiento, lleno de incredulidad.

Pienso en ese amor ingenuo del que se alimenta, sin sentirse segura, pero creyendo en la mentira, aun sabiendo que no es verdad.

Un amor que no es real. Aunque, al final, ¿quién merece juzgar?

14 de septiembre de 2011

Vagones de metro

Yo no sé si esto pase en todo el mundo, pero por lo menos en el Sistema de Transporte Colectivo Metro(politano) de la ciudad de México, existe una situación que se ha convertido en una incesante tortura.

No, ya ni siquiera es su lentitud, ni la multitud, ni los juegos de los operadores en las estaciones terminales cuando la gente tiene prisa, ¡no! Y es que, desesperado lector, yo no entiendo por qué las personas que suben a los vagones a cantar para que les den dinero tienen la manía de darle un tono laaaaargoooo, igual y escalofriante a lo que, si puede decirse así, interpretan.

Cuénteme usted, comunicativo visitante, ¿no le parece que estuviera escuchando un grito de agonía en cada estrofa musical? Y por supuesto que entendemos la finalidad, pero, lejos de lograrla, están provocando el desencanto de las personas, ¡quién les ha dicho que dándoles una melodía fantasmal a las canciones la gente les dará dinero! ¡Quién!

No es una cuestión de una bonita o fea voz, o de si están o no entonados, es la mera melodía de lo que cantan: tan triste, tan lento, tan terrorífico. La piel se enchina y ni valor para voltear. Alguien debería decirles (si es que también cuentan con un jefe -especie "padrote"-) que nos deleiten con la armonía de sus cuerdas vocales, que no cambien el ritmo, que hagan que la gente cante con ellos -aunque sea en la mente.

Sería más fácil, más agradable, más convincente.

No hay que exagerar y pensar que la sensibilidad que los individuos hemos perdido regresará con un ritmo monótono y poco amistoso.