4 de noviembre de 2010

Dos joyas



Mire usted, atinado lector, lo que hoy le traigo.

El primer video que le voy a mostrar es una recomendación hecha por Eliot Rocha a través de su comentario. Se trata de la canción "El angel Simon" de Nacho Vegas, que, debo admitir, me dejó un crudo sabor de boca.

No sé si la historia detrás, a la que Eliot se refiere, fue lo que yo entendí, pero vaya manera directa de hablar sobre cómo murió alguien y de lo que corresponde después (con todo y sentimientos).



Me pareció una excelente sugerencia, Eliot.

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La otra "joya" que mostraré deleitará sus oídos (espero que tanto como a mí) y, si la canción anterior le hizo mal, restará un poco esa sensación, musical lector.

La conocí un par de horas antes de escribir esta entrada y, como de costumbre, no pude esperar para mostrarla. Es una cantante canadiense, de los años 50/60 más o menos, llamada Joni Mitchell. La combinación de su voz, de su guitarra, algunas veces el piano, crean una armonía atrayente y que secuestra la atención mientras es escuchada.

Júzguele "ái", criticón lector.




Acompañamiento de días nefastos



La decepción que invade el cuerpo, lentamente, se alimenta del cólera causado por pequeños detalles, asuntos que deberían ser insignificantes pero que, al final, resultan partícipes de la tragedia, del desamor, de la ira y de la inquietud de días, meses quizá, años, o de una vida.

El corazón enmudece, el alma se esconde, el cuerpo duele y la mente se rompe. El mundo comienza a desaparecer en un agujero negro que no nos quiere absorber, se siente frío, lejano, porque, a pesar de que se va, nos deja...solos, desconsolados, con ninguna persona más que nosotros mismos, quienes, tristemente, somos nuestros propios enemigos.

Es tu culpa, decidiste perder todo.

Luego viene una lluvia ligera, pero se convierte en tormenta con nuestras blasfemias y negaciones. Se calma, todo parece mejor y...

1 de noviembre de 2010

Noviembre 1



En México, la calidez y la alegría en las festividades son características inherentes, no importa cuál sea el tema de la celebración. Tal es el caso del Día de muertos, no halloween.

Dentro del país, existen diversas formas de festejar (sí, festejar) a los difuntos, todo depende del estado o comunidad, pero todas con un mismo fin: convivir con las almas de todos aquellos que se fueron.

El Día de muertos a algunos les parecerá extraño (como me lo han hecho saber un par de conocidos extranjeros); sin embargo, para nosotros no es un momeno de tristeza, sino, al contrario, es muy alegre, es el momento en que las puertas del "más allá" se abren para permitir a las almas de los fallecidos convivan con el mundo de los vivos.

Es por lo anterior que las personas bailan y cantan en los cementerios, que adornan las tumbas y abren las puertas de sus hogares para recibir a sus familiares que ya no están vivos, que colocan altares con comida, bebidas, dulces y juguetes, para que los muertos vuelvan a disfrutar todo lo que en vida les gustaba.

Es cierto que la muerte es triste, es duro saber que ya no verás a un ser querido jamás, que su cuerpo ya no está a tu lado, que su voz se ha desvanecido y que sus ojos no volverán a mirarte; mas, es válido creer y entender que, al final, dos mundos (vivos y muertos) se unen y, aunque no puedas estar con alguien físicamente, no significa que se ha ido para siempre.

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Me heredaste, extrañamente, pues no te conocí, un gusto inexplicable por los chicles y los bombones, una extraña fascinación por el altruismo y el buen humor; me diste tu reflejo en mi madre, quien, después de tantos años, no deja de recordar los buenos momentos a tu lado y tu ardua lucha para continuar: a ella le enseñaste a seguir adelante y, al mismo tiempo, a través de sus palabras maternas, me lo has enseñado a mí.

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No recuerdo mucho sobre mis experiencias a tu lado, era muy niña cuando sucedió. Mamá habla muy bien de ti, papá quizá prefirió cerrar el tema, pero sé que te sigue queriendo tanto como tú a él. Ya no sé si aún conservo esos guantes morados que me regalaste un día de diciembre (he olvidado la fecha), pero sí guardo el momento: tu rostro cansado, pero sonriente, la alegría de mirar a tu hijo con tus nietos, todos los primeros, y la satisfacción de seguir ahí. Me enseñaste que los pequeños detalles valen mucho más y que vale la pena luchar, aunque al final tú ya no hayas querido hacerlo más.

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