24 de julio de 2013

De miedos y determinaciones

Hoy hice una retrospectiva de mi vida en un lugar de mi cabeza muy privado; un espacio que me pertenece y que, tal vez, si lo comparto podría limpiar sus telarañas y desempolvar sus miedos, mas no es el momento, no emocionalmente. Sin embargo, este día tuve la oportunidad de invadirme con muchos sentimientos distintos y ponerme a reflexionar un poco sobre algunos aspectos de la vida.

Todo comenzó cuando fui a lavar mi taza, había terminado un rico té de limón para calmar el estrés laboral; me sentía especialmente dispuesta a mejorar mi día y mi actitud. De repente, por la venta vi una situación que alimentó mi curiosidad y, al mismo tiempo, me hizo darme cuenta de que no deberíamos tener la opción de desperdiciar nuestras horas en nada.

Verá, atento lector, frente a donde laboro hay una clínica especializada, una que quizá ha visto las tristezas más profundas de alma, pero que también ha llenado de esperanza a más de un corazón.

El evento que presencié fue un destello que hizo me preguntara: "¿qué tan difícil será saber que tus días los empezarás a contar regresivamente?", ¡qué tan complicado debe ser darte cuenta que sólo estás esperando el final!

Se preguntará, excitado lector, qué vi. Fue una escena simple: una mujer joven saliendo de la clínica en silla de ruedas apoyada por su médico y un enfermero. Su familia esperando en el auto. Lo que sigue fue lo que me impactó: no podía realizar un movimiento sola. Los médicos y quienes la acompañaban forcejeaban para poder meterla en el coche sin lastimarla; todos con guantes, recibiendo los golpes de los malos movimientos, pero nunca bajando la guardia ante la enferma.

La particularidad fue que todos se veían tranquilos a pesar de las maniobras, to-dos; como si fuera costumbre, pero con la delicadeza de sentir que las cosas cambiarán, aunque sepan que no eso no pasará.

La imagen se quedó muy presente en mi mente, tanto que decidí "googlear" a un periodista que participó en una campaña de salud hace algunos años y ver un par de videos de personas en la misma situación, quienes, además, también tienen mucho en común con la mujer que vi afuera de aquel centro de salud.

Reafirmé que muy pocos aprendemos de los demás y que, mientras no nos enfrentemos a una horrible situación en carne propia, preferiremos ser indiferentes a la posibilidad.

¿Qué sería de nosotros si en algún momento nos pusiéramos en los zapatos de esa gente? ¿Sentiríamos su sufrimiento pasado, su resignación o sus ganas por seguir vivos? ¿Nos contagiaríamos de su energía y de su fuerza? ¿O preferiríamos simplemente negarnos a esos sentimientos e ignorarlos como comúnmente lo hacemos?

26 de mayo de 2013

Sólo es una mudanza.

Ayer se despidió de la blogósfera uno a quien yo consideraba entre los grandes: por su pulcritud al escribir, por su fluidez, por la forma de cautivar al lector, por su convicción, y por siempre perseguir y respetar sus sueños.

Conocerlo significó tener muchas lecciones de vida para mí; lecciones que tal vez él no se imagina y nunca se propuso darme, pero que, en su momento, me ayudaron a abrir mi mundo, a comprender lo pequeño de nuestro criterio y lo fácil que nos convertimos en lo mismo que criticamos.

Hoy me uno a la tristeza de saber que ya no te podré leer igual; pero, también, a la alegría de tus nuevos proyectos, de las nuevas oportunidades que tomarás y de tus decisiones: la vida sin ciclos sería aburrida, así que es bueno saber cuándo terminarlos y cuándo comenzar los nuevos.

Querido y atento lector, no haré más de este post una despedida; sino un instante de transición en honor a quien me ha enseñado que no todo lo que creemos banal en la vida, lo es.

Lo invito ahora, desconcertado lector, a visitar el blog de Aldonáutico, que aún permanecerá en la memoria digital y a seguirlo en sus nuevos espacios.

Te extrañaremos, Aldonáutico

De cómo me gustaría un transporte público de calidad

Esta entrada debió salir hace algunas muchas semanas, aunque la tecnología no fue aliada aquella ocasión; sin embargo, es maravilloso (para su publicación) que sea tan vigente como entonces (lo cual, por supuesto, no es tan magnífico en la vida cotidiana). * ** ***

Me gustaría presentar una hoja detallada de cada una de las cosas erróneas que veo y que, con un poco de trabajo, inversión, sentido común (que falta en todas las personas), y menos egoísmo (que no quieren dejar), todo marcharía de forma más eficiente, eficaz, además de mantenernos felices días completos.

Tristemente eso no pasa y hay más paredes que puertas para entrar y cambiarlo; porque las personas son egocéntricas, individualistas y les falta entrenamiento en eso que algunos llamamos "trabajo en equipo".

Me refiero en general a la gente, claro; mas, a veces, al caos vial de la ciudad y a los medios de transporte tan horribles con los que contamos.

Si bien pudiera quejarme horas también de los usuarios del transporte colectivo; la realidad es que más podría decir sólo de los operadores del metro, personas que en las terminales (y no de una sola línea) se sientan a tomar un café, a platicar, a saludar a todo el mundo, mientras el reloj avanza, las personas se acumulan y el estrés sale por los poros.

Si hay más de un carril para salida, a estos señores conductores y jefes de estación, les encanta ver correr a los usuarios de un lado a otro, sin que ningún tren abra, por lo menos, las puertas.

Después de retrasarnos 15 ó 20 minutos, groseramente hablan por los altavoces de los vagones para una "sutil amenaza": "si no permiten el libre cierre de puertas no avanzamos".

¡Claro! Uno entiende que a veces los individuos son muy necios, pero si los trenes llevan retraso de más de media hora, se gastan nuestro "colchón" de tiempo y se ponen a platicar en lugar de agilizar las salidas, es evidente que las personas van a querer entrar a los vagones, porque, a diferencia de los operadores, ellos todavía no están en sus lugares de trabajo y si no llegan ya tienen una amonestación, que en el mejor de los casos implica un descuento.

¡Ay, los empleados del sistema de transporte colectivo metro que creen que nos están haciendo un favor! ¡Ay, los presupuestos mal gastados y los puestos relevantes mal ocupados! ¡Ay, que el STC Metro siga siendo la mejor opción para trayectos largos! ¡Ay "a dónde vamos a parar"!

Y, por si fuera poco, sin saber exactamente si es una burla o un verdadero servicio a la comunidad, el STC Metro puede expedir justificantes por retardos para el trabajo. Evidentemente existen condiciones, y por supuesto que poquísimas personas lo saben; el punto aquí es qué tan efectiva es esta medida y qué tan eficiente es el proceso para obtenerlo. (Aquí detalles.)

Pero para el gobierno es muy fácil seguir construyendo y olvidar obras anteriores que necesitan mantenimiento constante; y para las personas es más sencillo desahogarse escribiendo que convocar a quejas constantes para ver si así por lo menos hacen algo.

Podríamos pasar horas hablando sobre las miles de fallas, no sólo en el metro, también en autobuses, vialidades y autoridades. Pero mejor respirar un poco antes de perder los estribos...