31 de octubre de 2011

El amor no se juzga, no importa cómo sea.

Y entonces pienso en ella, en su incesante lucha sin objetivo; en su necesidad de no estar sola; en ese odio obligado que siente... sin convencimiento, lleno de incredulidad.

Pienso en ese amor ingenuo del que se alimenta, sin sentirse segura, pero creyendo en la mentira, aun sabiendo que no es verdad.

Un amor que no es real. Aunque, al final, ¿quién merece juzgar?

14 de septiembre de 2011

Vagones de metro

Yo no sé si esto pase en todo el mundo, pero por lo menos en el Sistema de Transporte Colectivo Metro(politano) de la ciudad de México, existe una situación que se ha convertido en una incesante tortura.

No, ya ni siquiera es su lentitud, ni la multitud, ni los juegos de los operadores en las estaciones terminales cuando la gente tiene prisa, ¡no! Y es que, desesperado lector, yo no entiendo por qué las personas que suben a los vagones a cantar para que les den dinero tienen la manía de darle un tono laaaaargoooo, igual y escalofriante a lo que, si puede decirse así, interpretan.

Cuénteme usted, comunicativo visitante, ¿no le parece que estuviera escuchando un grito de agonía en cada estrofa musical? Y por supuesto que entendemos la finalidad, pero, lejos de lograrla, están provocando el desencanto de las personas, ¡quién les ha dicho que dándoles una melodía fantasmal a las canciones la gente les dará dinero! ¡Quién!

No es una cuestión de una bonita o fea voz, o de si están o no entonados, es la mera melodía de lo que cantan: tan triste, tan lento, tan terrorífico. La piel se enchina y ni valor para voltear. Alguien debería decirles (si es que también cuentan con un jefe -especie "padrote"-) que nos deleiten con la armonía de sus cuerdas vocales, que no cambien el ritmo, que hagan que la gente cante con ellos -aunque sea en la mente.

Sería más fácil, más agradable, más convincente.

No hay que exagerar y pensar que la sensibilidad que los individuos hemos perdido regresará con un ritmo monótono y poco amistoso.

23 de agosto de 2011

Sin un beso




A veces uno no es capaz de asimilar las cosas; a veces uno no entienden cómo sucede todo; el impacto, el desconocimiento y la incertidumbre se apoderan de la mente y bloquean la vista a esa realidad, pero, tarde o temprano, llega el momento del desahogo, transformado en muchas maneras, y una de ellas es la aceptación o, al menos, las ganas de hablar.

Hace más de un año falleció una persona que se volvió rápidamente especial para mí. La distancia, las distracciones, las ocupaciones, dejaron del lado esa necesidad de vernos, de hablarnos cotidianamente. Un día, sin más, desapareció.

Pasaron los meses y no había noticias; hasta una noche, cuando mi cuerpo tembló fríamente al pensar en la única posibilidad que quedaba, incluso al soñarla.

Esa idea se incrementó con el transcurso de los días; el miedo llegaba y, ante la ausencia de otras fuentes que me pudieran decir qué pasaba, cayó la confirmación de lo temido, como agua helada, en un comentario de una mujer completamente ajena a mí, pero no a esa persona.

Yo no lo quería aceptar, ¡cómo era posible! ¿Por qué no me dijo nada? ¿Por qué tuve tanto miedo de acercarme a la verdad? Pasó una semana, y el hecho se reveló con palabras directas, no había marcha atrás, la suerte estaba tirada y ya no se podía hacer nada… Nada.

Fue difícil asimilarlo, el recordarme noche a noche que ya no volvería a llamar, a saludar, que no volvería a mostrarse, ¿la razón? No la sé, o quizá muy dentro de mí la conozco, pero he preferido dejar de especular, dejar de perturbarme y dejar que descanse en paz.

Día a día, lo recordaba; cada noche temblaba de incertidumbre, de confusiones, de incredulidad, de esperanza; pero tenía que aceptarlo, ¡qué difícil! Qué difícil darme cuenta que es cierto, que ya no estás, que no volverás; qué complicado es usar la palabra muerte para asimilar que así fue, que ya nada cambiará ni tendrá remedio.

Las circunstancias me obligan a no saber qué siento realmente: no sé si duele, no sé si perturba, no sé si soy ya consciente del hecho; sin embargo, he decidido dejar a un lado todos esos pensamientos dirigidos a la nada, a lo que nunca fui para ti, en lo que me convertí, en lo que odié de ti, para dar paso a todo lo que aprendí a tu lado, a los recuerdos de tu buen humor, de tus decisiones, de esa forma de ser que me conquistó.

Eres libre, somos libres. Quizá nos volvamos a encontrar, en otras circunstancias, con otros motivos, o para decirte adiós, como debí hacerlo desde el principio.